El principio del fin - PT1
Capítulo Uno
Jergas viaja en el metro de la ciudad. El apestoso sistema de transporte público, tan indispensable para la vida cotidiana. La gente, encarnada una con otra, hombro con hombro, ya no cabe. Se pelean por un lugar, se arrebatan el aire, se empujan más y más dentro para al llegar a la estación de su descenso embestir con salvajía a quien se interponga en su camino. Así es el metro de la ciudad, y a Jergas le encanta. “No hay lugar como el metro” piensa al observar a la gente. Un niño descalzo se atraviesa repartiendo pequeñas hojas de papel “Soy pobre y necesito mendigar. No quiero tu ayuda, quiero tu dinero” versan estos papeles. Un hombre entra al vagón, a su espalda una colosal bocina por la que suena una extraña mezcla de todo tipo de música. “De a diez, de a diez, llévelo con la música del momento, con toda la música para la fiesta y cualquier otra ocasión. De a diez.” Luego el que vende palanquetas de amaranto, la de los audífonos y los otros miles de ambulantes con “el bonito detalle para el niño, para la niña”. De a diez.
Con todo el amor que tiene por el metro, siempre se cansa de este cuando está a punto de llegar a su destino. Faltando cinco estaciones se empieza a molestar. Entre la tercera y la cuarta el fastidio crece. En la penúltima empieza a gruñir por todo. Entre la última y su destino, siente verdadero fastidio por el vagón en el que viaja, y repulsión por la gente que lo acompaña. Y siempre, sin falta, cuando está realmente a punto de llegar a su estación, el tren se detiene en medio del túnel. Ya sea con una leve desaceleración anticipada, o una brusca parada. El tren se detiene, y la desesperación en Jergas es tanta que hace todo lo que esté a su alcance para aparentar el mayor desagrado, intentado alejar a la gente lo más posible de él. Hasta que el esperado y casi milagroso avance del vagón lo tranquiliza “Ya, ya casi. Solo respira”. Algunas veces tarda más, otras es casi nula la espera.
Esta vez es diferente. Esta vez espera, junto al resto de los pasajeros, pero el vagón no avanza. En lo profundo del vagón un bebé empieza a llorar, un gato(¿?) maúlla, una familia bromea, ajena a la preocupación y fastidio colectivo. Dos de los vendedores se encuentran y conversan un rato. Una pareja empieza a discutir. Ella levanta la voz y grita para que todos escuchen “...entonces ya, cortamos. No quiero volver a verte”. Él comienza a llorar. Toda clase de cosas pasan mientras el tren no avanza. Y el tren no avanza.
Pasadas dos horas la gente se impacienta. Ya se habla de abrir las puertas y caminar hasta la estación “¿Quién sabe hasta cuando podamos estar aquí. Si no vamos ahora corremos el riesgo de quedarnos sin oxígeno” “¿Pero tú estás loco? Has pensado qué pasaría si llegamos a toparnos con un tren que venga en sentido contrario, o si este tren comienza a avanzar. Todos moriríamos. No, lo mejor es esperar. Ya se moverá, o vendrá alguien por nosotros” “El chofer, ¿alguien sabe qué dice el chofer?” “No sabe nada, dice que es común” “¿Cómo va a ser común que estemos paralizados dos horas enteras sin noticia alguna” “Bueno eso dijo hace una hora, ahorita ya se encerró en su cabina, y creo que está dormido”. La deliberación continuó por unos minutos más, hasta que un pequeño grupo de personas se animó a abrir las puertas salir y caminar hasta la siguiente estación. “Si no hay peligro uno de nosotros regresará a avisarles, de todos modos veremos que les manden algo de ayuda” dijo uno de ellos, joven, moreno y de pelo corto, quien parecía ser el líder de los incursionistas, entre los cuales por cierto se encuentra Jergas, pues su asco al metro ya es insoportable.
Caminaron a oscuras. Al principio intentaron alumbrar con las pantallas de sus teléfonos, pero pronto pensaron en la posibilidad de que se acabara la batería, y la posible urgencia de hacer llamadas “Solo continuemos en línea. Si prefieren tomémonos de la manos para no extraviarnos” dijo el líder, cuyo nombre es Roberto.
“No, no seas joto” dijo un hombre gordo y chaparro. Su frente brillaba a causa del sudor, y cada vez más le costaba respirar. “Ya, vamos, me estoy asfixiando”.
Caminaron a oscuras y sin tomarse de las manos, siempre en línea recta. El hombre gordo, de nombre Enrique, se la pasó hablando, intentando conversar con alguna de las chicas que los acompañaba. Una, de pelo negro y ojos vivos mantenía su distancia. Pero otra, de pelo amarillo y tez oscura, pronto buscó su brazo para sentirse segura. “Tranquila, no va a pasar, nada, vamos a estar bien”.
Roberto, quien con Jergas y la chica de pelo oscuro iban más a la cabeza, dijo:
“¿Escuchaste eso?. Pinche hijo de puta oportunista.”
La chica de pelo negro río: “Ja ja”.
Avanzaron en silencio hasta la estación. Llegaron para encontrarla vacía. Portafolios, mochilas chamarras y otro tipo de pertenencias se encontraban regados por todas partes. Los locales de comida y demás se encontraban abiertos, pero sin nadie al mostrador. La desolación preocupó al grupo. Enrique se vio más intranquilo, y hacía comentarios cada vez menos chuscos. Al verificar de que en efecto no hubiera nadie, se habló de volver al metro a informar de lo sucedido.
“Salgamos, afuera encontraremos a alguien. Tampoco veo el sentido en regresar en decirles que no sabemos qué pasa” dijo Jergas, quien estaba menos que dispuesto a regresar al vagón.
Entonces el grupo de cinco salió, sin siquiera repelar el volver a advertir a esa pobre gente, quien jamás saldría del metro. Quedarían sus cuerpos para pudrirse, ser comidos por las ratas y otros descomponedores. Suena mal cuando lo pones así, pero en el futuro Jergas siempre los consideraría afortunados, por conocer el descenlance de las cosas después de ese día, y la forma en que la vida cambió para el mundo entero.
…
Salieron a la superficie pero no encontraron a nadie. Por el contrario, la escena anterior se repetía pero a mayor escala. Autos abandonados a la mitad de la calle, tiendas enteras abandonadas, un par de botes de basura tirados con su contenido desparramado en el suelo. Jergas apenas creía lo que veía, una calle que por lo regular se congestionaba de gente, por la que era casi imposible caminar con naturalidad sin chocar con alguien, pudiera estar vacía, desierta. Volteó al resto del grupo, estaban tan perplejos como él, Enrique y la mujer de pelo amarillo (cuya edad, a la luz del sol, era claramente mayor de lo que pensaba en un principio) empalidecíeron, estaban al borde de la histeria. Roberto y la chica de cabello negro miraban de un lado a otro.
“No hay nadie, esto es más grave de lo que pensábamos” dijo Jergas.
La mujer de cabello rubio rompió a llorar. Enrique corrió a la autopista, subió al auto más próximo e intentó arrancarlo.
“Oye imbécil, para qué quieres encenderlo si ni vas a poder moverlo” le gritó Jergas enojado.
“Pues no sé, pe… pero al menos estoy haciendo algo” respondió con brusquedad pero sin intención de iniciar una confrontación. A pesar de esto Roberto intervino:
“Vamos, será mejor que busquemos a alguien que sepa que pasó” sacó su celular, tras revisarlo, levantarlo y moverlo por el aire negando con la cabeza continuó “No hay señal aquí arriba tampoco, eso sí es raro”.
Jergas caminó a su lado por un par de cuadras. La escena se prolongaba, no encontraron a nadie que pudiera decirles por que las calles estaban desiertas, o por que el metro de la ciudad se había paralizado. Llegaron a una avenida mayor, del otro lado se habían colocado bardas de contención cercando la zona de la ciudad de donde ellos venían. El cerco parecía continuar indefinidamente por varios kilómetros en ambos sentidos. Avanzaron cuando una patrulla de la policía federal apareció de uno de los carriles. Se detuvo frente a ellos. Salieron un par de hombres armados pero sin uniforme. Les apuntaron y empezaron a cuestionar con rudeza:
“Quiénes son. Identificaciones, rápido”. Se acercaron al grupo y comenzaron a escudriñarlos. Jergas se rehusó en un principio, pero la intimidación con las armas de alto calibre resultó suficiente para mostrarles a los supuestos oficiales sus pertenencias. En su cartera sólo contaba con 20 pesos y su credencial de elector. En el resto de sus bolsillos tenía trozos de papel, un encendedor, y dos boletos del metro.
“¿Vienen solos?” les preguntó uno de los oficiales.
“No, estábamos en el metro. Hay gente que sigue ahí, convendría que mandaran a…” dijo Roberto, pero fue interrumpido abruptamente.
“Tú no me ordenas a mí cabrón” de la bolsa trasera de su pantalón sacó un walkie-talkie y por este habló “Sí mi sargent, son cinco… R-10… quesque vienen del metro...Sale, los llevo” guarda walkie.talkie y les grita al grupo con una rociada de saliva “Órale súbanse si no quieren que los dejemos aquí”.
El grupo entra como puede en la parte trasera de la patrulla. La mujer de pelo amarillo se sienta sobre Enrique, quien ya parece más calmado.
Fueron llevados al auditorio público de la delegación. Los metieron en una sala donde estaban acumulando gente, igual de confundida e ignorante sobre lo que estaba pasando. Al parecer la señal telefónica y otras redes de comunicación se habían caído. Enrique se fue a perder por ahí con la mujer de pelo amarillo. Roberto se dedicó a buscar a alguien a quien reportarle que la gente del metro continuaba allá. La chica de pelo negro le seguía, hasta que decidió separarse:
“Mi hermano vive cerca de aquí. Si no me dejan salir voy a buscarlo, tal vez lo han traído también. Cuídense” dijo para perderse en la multitud.
Preguntaron, pero no encontraron a nadie que supiera sobre la gente del metro.Un hombre con un altoparlante repetía una y otra vez, como si se tratase de una grabación::
“Por favor mantengan la calma. En unos momentos los oficiales más cercanos empezarán a repartirles un poco de agua. Cuiden a sus niños. En unos momentos se dará un comunicado por parte de las autoridades. Por favor, mantengan la calma. En unos momentos los oficiales más cercanos empezarán a repartirles un poco de agua. Cuiden a…” así una y otra vez.
El anuncio se dio dos horas más tarde. Al estrado subió un hombre de traje, poco pelo y panza prominente. Sudaba a chorros. En su mano llevaba unas hojas, de las cuales leyó con torpeza:
“Debido a causas que afectan la seguridad e integridad de sus ciudadanos, el presidente de la República ha declarado Ley Marcial. Para mejor resguardo de los habitantes de la nación toda persona será llevada a un centro de refu… cuidado vigilado, perdón, quedando bajo la protección, de los soldados militares del área. Se asegura que esta es solo una medida personal, y se pide a la ciudadanía con la mayor de las atenciones, no desacatar las órdenes del personal a su disposición. Gracias”
El hombre corrió fuera del escenario, resguardado por sus dos guardas personales. El tumulto de gente que lanzó sus preguntas y preocupaciones no tuvo tiempo de verlo desaparecer tras bambalinas.
“Increíble” pensó Jergas, “ahora nunca llegaré a tiempo”.
Un buen rato después soldados y oficiales comenzaron a recorrer las filas de las personas bajo su custodia, repartiendo botellas de agua simple y tortas. Un simple lunch, pero eso fue bastante para apaciguar por un tiempo más a la gente. O al menos la mayoría. Jergas no tardó en encontrarse con Roberto y la chica de cabello negro, cuyo nombre ya se sabe, es Raquel.
Dijo:
“No pudimos encontrar a mi hermano. Preguntamos a un soldado, pero se rehusó a contarnos. Lo intentamos con un par de policías municipales, pero tampoco quisieron, y de hecho parecían tan ignorantes de esto como nosotros”
“No” le interrumpió Roberto “parecían espantados, como si supieran algo que quisieran no saber. Esto es peor de lo que dicen, necesitamos salir de aquí. Raquel encontró como escabullirnos: por aquella puerta, de donde entran y salen con los sandwiches y botellas de agua. Hace un momento cuando el hombre dio su penoso discurso entró por ahí, jamás salió. Debe dirigir a otra salida. Vale la pena intentar...”
“No, te dije que no es muy seguro. Hay un par de guardias del otro lado de la puerta, se ven sus sombras por la ranura de abajo”
“¿Crees que saldrían si surgiera una inconveniente distracción?” preguntó Jergas.
“Es probable, pero tendría que ser grande. ¿Qué tienes en mente?” dijo Roberto
“Esperen aquí” dijo Jergas. Se acercó a uno de los oficiales y le preguntó algo. El oficial apuntó hacia una sala contigua. Jergas se perdió tras esta. Minutos después salió y se reunió con Roberto y Raquel.
“¿Qué hiciste?” preguntaron los dos casi al unísono, son un ligero desfase.
“Sólo esperen”
Esperaron, y no tardó en suceder. Un alboroto, leve en un inicio, pero creció con rapidez. Humo salía con abundancia de la sala a la que había ido Jergas, la gente salió de ahí, gritando histérica “¡Fuego, fuego!”. Soldados y policías se apresuraron dentro, incluso los dos que custodiaban la habitación donde resguardaban la comida. El grupo aprovechó la oportunidad y entró.
Se trataba de una simple bodega con cajas, o al menos a primera vista. Tras dar unos pasos encontraron una puerta mal escondida tras una pila de cajas. Las quitaron y probaron. La puerta no tenía ningún tipo de cerrojo. Roberto asomó la cabeza.
“Es un pasillo oscuro. No hay nadie, entremos”.
“Espera. Las puerta estaba mal escondida, pero es obvio que no quieren que nadie la vea, ni por accidente. Cuando los guardias regresen y vean las cajas votadas sabrán que alguien ha entrado”.
“No tenemos opción, estarán de regreso en cualquier momento. Vamos”
Entraron entonces al pasillo, a pesar de la preocupación de Raquel. Era un simple pasillo sucio. En algún otro día sería el simple pasillo que los trabajadores de sanidad recorrían de sus lockers al área de descanso a los almacenes donde guardan los instrumentos de limpieza a donde sea que trabajasen limpiando; el suelo, los baños, las oficinas, el lobby, el cuarto de energía, etc.
La iluminación era nutrida, aunque esto no fuera tranquilizador. El color de las paredes le recordaba a Raquel a un hospital. Raquel odiaba los hospitales. A partir de los 12 años, después de que sus padres se divorciaron, pasó la mayor parte de las noches de sus días libres en los hospitales del seguro social. Su madre fue diagnosticada de leucemia poco después de su divorcio. “Me deshice de un cáncer para lidiar con otro”. Ella y su hermano era la única familia que le quedaba, así que decidió sacrificar esas noches para beneficio de su familia. Primero para su madre, acompañándola durante estudios invasivos y tratamientos dolorosos. Y las noches. Nada más tormentoso que la noche en un hospital. Cuando su madre no podía dormir por el dolor que supone la quimioterapia, podía tolerarlo. No estaba sola, su madre sufría con ella (¿no era al revés?).
Pero cuando su madre dormía la noche se volvía un infierno. Las monstruosas sombras de las enfermeras bailando en los pasillos. Los gemidos de los enfermos agonizantes. Los llantos de los familiares desconsolados. Y los traslados de los cuerpos. Porque para no espantar a los enfermos y familiares, el hospital mueve los cuerpos de los (des)afortunados por la noche, cuando nadie ve. Los movían en rechinantes camillas frías. Los movían por pasillos como este.
“Vamos, no tardan en venir” dijo apresurando a sus dos compañeros. Echaron a andar por el pasillo. El estrecho pasillo los llevó finalmente hacia una puerta, primero Roberto se asomó precavido, después les dio aviso:
“Vamos, no hay nadie”. Salieron a un pequeño callejón por el que a duras penas cabía un automóvil. Miraron desconcertados de un lado a otro, preguntándose a dónde se habrá ido aquel hombre.
“Maldito perro, nos dejó abandonados sin atender nuestras quejas. No me sorprende…” dije Jergas furioso.
“Y los guardias dentro, no creo que lo sepan. No creo que nadie dentro lo sepa, deberíamos darles aviso” dijo Raquel.
“No. No podemos hacerlo sin volver a entrar. Seguro que los policías ya no están buscando, querrán meternos y vigilarnos. Será difícil salir de nuevo. Aparte yo nunca esperé realmente encontrarlo, o en cuyo caso, que fuera a sernos de utilidad. Siento mucho por la gente dentro, y por la del metro, de la cual ya nos habíamos olvidado, pero no podemos detenernos. Necesitamos averiguar qué está pasando. Conozco a alguien de la oficina de Información Pública y Comunicaión Social en la oficina de gobierno, una amiga. Si vamos probablemente me ayude” dijo Roberto.
“No, primero vayamos por mi hermano. Vive a tan solo unas cuadras, si tenemos cuidado llegaremos sin problemas. Entonces, juntos decidiremos qué hacer”.
“Raquel, no hay tiempo, cada segundo es importante si queremos averiguar qué está pasando. No podemos seguir actuando sin saber el panorama completo de la situa…”
“Está bien. Entonces ustedes adelantese, no me importa. Nos acabamos de conocer, no tiene que preocuparse por mí, ni yo por ustedes. Sin embargo, mi hermano es familia, y no puedo abandonarlo estando tan cerca de él, en especial cuando no sabemos la real gravedad de la situación” dijo Raquel enojada, dio media vuelta decidida a marcharse cuando Jergas la detuvo del brazo.
“Espera, no te vayas. No creo que sea buena idea separarnos. Salimos juntos del metro, y salimos juntos de aquí. tal vez suene ridículo, pero creo que debemos seguir juntos para salir de ésta. En efecto, no sabemos la gravedad de la situación, pero presiento que no es como nada que se haya visto antes. No sabría como explicarlo, ni espero que confíen plenamente en mí, después de todo seguimos siendo desconocidos”.
Ante la sorpresiva intervención de Jergas se quedaron pasmados. Nadie lo había mencionado, pero era cierto que hasta ese entonces los tres sentía cierta atracción por ellos mismos. Intercambiaron un par de miradas incómodas, cuando Roberto habló:
“Está bien, si lo que desean es permanecer juntos, deberíamos ir por tu hermano. Después, podemos ir a la oficina de gobierno, solo espero que mi amiga esté ahí para vernos, y con más suerte, que nos pueda aclarar qué es todo esto. Solo así podemos saber qué está ocurriendo.”
“Me parece bien” dijo Jergas. Ambos voltearon a ver a Raquel.
Ella asintió con ciertas reservas. Para sus adentros se preguntaba qué significaba este gran compromiso que estos desconocidos le prometían, dudaba de sus intereses. Para ocultar sus dudas dijo en voz alta: “Muchas gracias, vamos entonces.”
Caminaron por calles tan desiertas como la que encontraron al salir del metro con paso apresurado, sin perder la cautela. No había presencia de ningún otro ser. Raquel se empezaba a impacientar, temía el destino de su hermano. Jergas agradecía que no tuviera a nadie cercano viviendo en la ciudad. Su madre, la única persona por la que jamás sintió afecto, murió cuando él tenía quince años. Desde entonces supo cuidarse por su cuenta.
Roberto por su cuenta se reprochaba esto. Admiraba la determinación de Raquel por encontrar a su hermano, sin embargo se sentía ajeno a tal sentimiento. “¿Cómo es que puede actuar tan precipitadamente? más aún sin saber la magnitud del riesgo que corremos. Todo por su hermano.”
Roberto no lo aparentaba, pero no era de la ciudad, ni siquiera era del país. Era de un lugar tan lejano, cuyas costumbres son tan diferentes que si lo dijera más seguido la gente de la ciudad lo vería como un ser alienígena a su mundo, y probablemente lo sea. Aunque la verdad sea dicha, él siempre se sintió más cómodo en la ciudad. En su hogar siempre fue tratado de manera fría, siempre juzgado por su particular manera de pensar. No era bien visto que diera muestras de afecto tan explícitas, y esto lo fastidiaba. En cambio en esta ciudad era frecuente, a veces rayando en lo grotesco, y eso lo fascinaba. La gracia y viveza con la que la gente se tomaba su existencia lo fascinó desde que llegó. Ya hacía tanto de eso, y aunque había pasado la mayor parte de su vida en el lugar donde nació, la ciudad lo acogió de tal forma que no tardó en sentir que era su hogar.
Ahora sin embargo, se encontraba pensando en su familia, después de tanto tiempo. ¿Habrían ellos ido a buscarlo con tanta determinación? Lo dudaba. ¿Habría el mismo ido a buscar a cualquiera de ellos, así como Raquel iba tras su hermano? difícilmente. Iba tras otro familiar, no suyo, sino de alguien que acababa de conocer. No se sentía tan carcomido como pensó que debería estar.
Cruzaron una avenida mayor, Raquel se fijó en el nombre de la calle y apretó el paso. “Estamos cerca, una calle más. Corran”. Se apresuraron tras ella.
Raquel distinguió el apartamento de su hermano. A pesar de estar fatigada apretó el paso hasta hacer una carrera rápida. “Espera, por favor ten cuidado” escuchó a sus espaldas, pero no se tomó la molestia de ver quién gritaba.
El apartamento era parte de un viejo edificio que compartía su planta baja con un restaurante. La entrada era una pesada puerta negra de metal, que se abría solo cuando alguien dentro respondía a quien llamara al timbre. De otra forma los cerrojos no lo permitirían. Raquel no había pensado en esto hasta ahora. Su preocupación duró poco pues encontró la puerta abierta. Entró de un salto, estaba decidida a subir las escaleras cuando volvió escuchar detrás “No, espera”.
Volteó y encontró a Jergas detrás de ella, a pocos metros de distancia. Roberto estaba mucho más detrás. Corría deprisa, pero a cada paso parecía disminuir su velocidad. Cuando por fin los alcanzó se detuvo un momento para tomar un respiro. “Estoy bien” dijo jadeante “Sube, ya los alcanzo”. Raquel se fijó en su aspecto, un poco penoso a comparación del de Jergas, pero no se demoró en subir, ahora con más alma y al pendiente por si la llamaban. Jergas subió tras ella aunque más lento, esperando a que Roberto recuperara el aliento y lo siguiera. Cuando por fin Roberto se recuperó los dos apretaron el paso y subieron por las angostas escaleras hacia el apartamento del hermano de Raquel.
Alejandro sostenía una pistola, un revólver. Jugaba un poco con la recámara vacía. Tomaba una de las balas de la caja que le había comprado a uno de sus “amigos”, cerraba la recámara, se metía el cañón en la boca, jugaba un poco con la lengua tanteando la circunferencia, y antes de atreverse a jalar el gatillo aventaba el arma lejos y empezaba a llorar. Poco después la recogía, sacaba la bala y comenzaba a jugar otra vez con la recámara. Ya llevaba así desde la mañana. Ahora eran las seis de la tarde.
Su apartamento era un desastre, parte de su vajilla hecha pedazos por el piso, sus cortinas quemadas en el inodoro, mierda en las paredes. Y apenas era lunes, faltando dos semanas para la próxima quincena. La pistola que sostenía se la había dejado un amigo antes de huir con su novia (ex-novia).
Veía a través de la ventana. Oscureció y el apenas lo notó. Pensaba que si no podía volarse los sesos antes de que su hermana llegara nunca lo haría.
Sintió la boca seca. Se levantó a la cocina por un vaso de agua. De camino se fijó en el reloj “Bah, apenas las seis, ella no va a llegar sino hasta las ocho… ¿apenas las seis? ¿entonces por qué está oscuro?”. Se asomó de nuevo por la ventana para comprobarlo. Efectivamente, estaba oscuro. Checó el reloj de su celular, de su multifuncional, incluso prendió su computadora para verificarlo en internet. Sí, eran las seis. Intentó buscar respuesta en la red, pero la conexión se había caído. Salió de su apartamento, en la azotea vería mejor lo que pasaba.
Raquel llegó al apartamento de su hermano, lo encontró hecho un desastre y entró en pánico. Corrió de un lado a otro buscándolo y llamándolo por su nombre “¡Alejandro! ¡Alejandro! ¿dónde estás, carajo?”.
Roberto y Jergas ya estaban dentro, ambos miraron de un lado a otro desconcertados, más calmados que Raquel pudieron percatarse a detalle de la escena. Claro, era un asco, pero no había señales de alguna pelea o accidente. No había razón para preocuparse.
“Raquel, espera” dijo Roberto “Es obvio que no está aquí, será mejor que echemos un vistazo por el resto del edificio, veamos si encontramos algún vecino que pueda decirnos qué pasó…”
“Eso no pasará, era el único que quedaba en el edificio, todos los demás apartamentos quedaron deshabitados por una plaga de cucarachas. A Alex no le importó y las cucarachas no tardaron en irse, pero ningún inquilino regresó. Como sea, la idea de buscarlo en el resto del edificio tiene sentido, vamos”.
Los tres corrieron de arriba a abajo gritando su nombre. Al no encontrarlo Jergas sugirió la azotea.
Alejandro miraba a la ciudad desde su edificio. No era de muchos pisos, pero delante se encontraba con un rango de visión más o menos despejado, por lo que veía muy bien unos kilómetros a la redonda sin que un rascacielos le obstruyera la vista. Ahora observaba mejor el cielo. Realmente no había anochecido, aunque la luna ya se vislumbraba, no era raro verla incluso al medio día. Sin embargo sí se había oscurecido. Miró su celular de nuevo, 6:20. se acercó a la orilla del tejado, lo suficiente como para ver el asfalto. Cerró las ojos e imaginó la caída y el impacto de su cuerpo contra el pavimento. Se preguntó si moriría de la caída. Abrió los ojos y se asomó, fijándose con mayor detenimiento en la altura. “No, a menos que caiga directamente con la cabeza no moriría” pensó.
Entonces se dio cuenta que había traído la pistola consigo. Abrió la recámara y se decepcionó al ver que había olvidado la bala en su apartamento. Metió el cañón a su boca, solo para sentir el frío metal con su lengua, ahora más seguro de que no se volaría los sesos por accidente. Incluso jalo el gatillo un par de veces, tentando a la suerte. De nuevo considero el suicidio como una solución a su vida. Contempló lanzarse en ese momento del tejado, asegurándose de caer con la cabeza. Asegurándose de estrellarse de lleno y sin remedio con…
“Alex, qué haces”... escuchó a su espalda. Volteó y encontró a su hermana con otros dos hombres. Estos miraban inquietos de un lado a otro (a Raquel, a él, a ellos mismos) no había perjuicio en sus miradas. Sin embargo su hermana lo miraba fijamente, acusándolo de caminar al borde de un edificio con un arma en su boca.
“Raquel. Hola” se acercó a ella, tiró el arma al suelo. “Es de los más extraño, el cielo se oscureció a las seis de la tarde ¿alguno sabe si se trata de un eclipse o algo?” dijo esto último volteando a los chicos. Ambos negaron con la cabeza extrañados. Hasta ese momento ninguno se había preocupado por la hora o el clima, se habían enfocado en escapar del auditorio que perdieron la noción del tiempo.
“Tiene razón, apenas son las seis de la tarde” dijo Roberto mostrándoles la pantalla de su teléfono móvil. Jergas lo vio asombrado, miró al cielo y al horizonte buscando respuesta, pero no encontró nada evidente.
Raquel apenas volteado su mirada de su hermano hacia Roberto cuando éste mostró la hora de su celular. Ahora que se había despabilado de la sorpresa por encontrar a su hermano en lo que parecía el borde del suicidio recobró la sensación de urgencia que los había llevado a escapar del auditorio de la delegación. Tomó a su hermano del brazo y lo llevó hasta la puerta de las escaleras. Volteó hacia Jergas y Roberto y les llamó: “Vamos, no tenemos todo el día. Roberto, ¿todavía puedes llevarnos con tu amiga en la oficina de Información Pública?”. Roberto asintió. “Bien, ¿pues qué esperamos?” dijo Raquel avanzando con paso decidido, arrastrando a su hermano cual madre con su hijo castigado.
Alejandro permaneció callado, piensa que no hay nada que pueda decir para mejorar la situación. Por un lado se alegra de que su hermana haya llegado, siempre se sintió mejor a su lado, y desde que su madre murió fue la única persona en la que pudo contar cuando las cosas se pusieran difíciles. Después llegó su matrimonio, y después falló su matrimonio. Pero la forma en que lo miró, el dolor y consternación en sus ojos… Él nunca fue alguien dichoso, a lo mucho encontró la satisfacción de una carrera como escritor medianamente exitosa que lo mantuvo a flote por unos días más, pero nunca dichoso. Y hasta ahora había podido ocultarle a su hermana bastante bien. Nunca más, lo había descubierto sin camuflaje, tal vez como siempre se había sentido, pero como nunca se suponía que ella lo viera.
Raquel por su lado tenía muchas cosas qué decir, las ideas se acumulaban, apenas iba pensando en cómo estructurarlas, como decirlas cuando otra más apabullante se le venía encima. Llegaron al final de la escalera, Roberto y Jergas venían bastante atrás, volteó a enfrentar su mirada con la de su hermano y dijo: “Nunca vuelvas a pensarlo, ¿entendido?. No quiero que ni siquiera se te atraviese por la mente sin antes al menos hablarme sobre ello.”
Roberto asintió y dijo tímido “Raquel, lo siento”.
Continuaron caminando unas cuantas calles en el mismo silencio en el que llegaron, pero al poco tiempo notaron una creciente tensión. Primero fue un hombre, un indigente al parecer por su ropa, empujando un carrito de supermercado a gran velocidad. Las ruedas giraban tan rápido, rechinando, que parecía que iban a zafarse en cualquier momento. Tras él iban tres perros callejeros. Jergas se detuvo para verle pasar, un poco cautelosos, pero el hombre no volteó a mirarlos. “Es cerca, tan solo un par de calles más y llegamo” dijo Roberto. No habían caminado media cuadra cuando se encontraron con una tienda de autoservicio totalmente saqueada. Dentro una mujer mayor buscando en el piso y debajo de los anaqueles cualquier cosa que se hubiera olvidado. Las iba metiendo en una bolsa de la misma cadena de tienda.
“Señora, ¿se encuentra bien?” preguntó Jergas acercándose. La señora volteó hacia ellos sorprendida, al parecer no había notado su presencia. La escena se congeló por unos minutos, después la señora se levantó con sus bolsas en mano, y salió corriendo y gritando hacia la calle. Él se hizo a un lado cuando parecía que lo iba a embestir. Por un momento pudo ver en sus ojos el reflejo del desquicie y desesperación de un animal a punto de morir. Notó la forma en que se aferraba de sus bolsas, como si supervivencia dependiera de ello. Tuvo el impulso de entrar y ver qué más quedaba, tenía la sensación de que le vendría bien. Pero su grupo le dejaba atrás, y por el volumen de las bolsas de la señora supuso que no encontraría mucho. Siguieron caminando.
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