La guerra por el mundo - PT1




 Noche 2


Por fuera, la ciudad parece más un mausoleo que el último vestigio de civilización. Supongo que bien podrían ser ambas. El gran muro, hecho de láminas oxidadas, tablas de cartón y madera apilada, abraza la penosa urbe.. Una nube de polvo, hongos y smog la envuelve, como un cálido manto o el sofocante abrazo de una madre sobreprotectora. A lo largo distintas torres de vigilancia los miembros de la Guardia Nacional se disponen a neutralizar cualquier intento de entrar. 


Escapar del faro es fácil. Lo difícil es hacerlo mientras cuidas tus pasos. El campo minado es el último obstáculo a superar para llegar a las cloacas. De ahí, cruzar el sistema de drenaje hasta los límites dentro de la ciudad es pan comido, conociendo el camino. Alguna vez Carlos me dijo que sobrevivir estas excursiones era mitad mantener los ojos abiertos y la otra mitad pura suerte. No le creo, es la catorceava vez que salgo. Es más que mera suerte. El campo es apenas de 200 metros de largo, y las minas no se mueven de lugar, una vez conociendo el camino es cuestión de dar el paso correcto. También ayuda observar los patrones en los que la luz recorre el campo. Después la carrera en línea recta apenas. Son veinte segundos, sin embargo, peores cosas han pasado en menos tiempo.


Aun así, soy capaz de llegar al final una vez más. La entrada a la cloaca se supone debe estar sellada, pero estando tan apartados del centro a nadie le importa realmente. Todos saben esto, y algunos decidimos aprovecharlo. Si en el pasado las apasionantes historias eran sobre cárteles, mafias y pandillas que traficaban drogas y alcohol, ahora se cuenta de comida, alcohol, cigarros, y refacciones para los aparatos electrónicos y cualquier otra cosa que los excursionistas puedan encontrar del otro lado.


El gobierno vio en esto una solución a sus problemas y decidió hacerse de la vista gorda, aunque no por eso nos facilita el trabajo. Las luces y minas permanecen. 


Dentro de las cloacas es fácil perderse, muchos han encontrado aquí su tumba. Dentro el pequeño riachuelo es casi imperceptible. El sistema de drenaje en la ciudad está paralizado. Pareciera que lo único que transportan estos ductos son personas. Reviso en mi mochila; una lámpara con dos baterías, cada una dura dos minutos aproximadamente, tres y medio si las hago rendir apagándolas por intervalos. En total son siete minutos. Nunca he completado el recorrido en menos de quince minutos. Supongo que tendré que hacer acopio de toda la suerte que tenga disponible.


… 


  La tapa de la coladera es un trozo de cartón, eso por si solo te habla de los esfuerzos por mantener a la gente dentro. El sol empieza a despuntar. Los límites de la ciudad son los más despoblados, la gente aún desconfía del peligro exterior. En varios de los edificios se han establecido los traficantes y sus almacenes. Se dice que tienen tanta comida como para llenar un edificio entero, y que la mueven cada dos horas para mantenerlo en secreto. Pura mierda si me preguntan. Nada tan grande como eso podría mantenerse en secreto. Si antes entre el crimen existía algún tipo de lealtad u honor. Está tan muerto como el resto del mundo. Ahora la lealtad la compra quien te alimente y te proteja, y por lo general el poder protege y alimenta a quien le es útil. 


  A lo lejos suenan nueve campanadas. Son las nueve de la mañana y el toque de queda ha terminado. Ya puedo salir de este hoyo de mierda. Karen está en el centro, pero no tiene caso ir hasta allá hasta después de la una, hora en que termina su turno en el burdel. Entre tanto puedo ir con Jergas, su casa está cerca.




  Para entrar a la casa de Jergas tienes que tocar tres veces en la puerta de metal, contar hasta quince, tocar dos veces en la de madera, silbar un momento, tocar tres veces más en la puerta de metal y dirigirte a un callejón. Ahí encontrarás una puerta abierta, subirás las escaleras al segundo piso, y buscarás la puerta con una corbata colgada de la perilla. Si no sigues el paso de las puertas la corbata no estará y podrás entrar en una habitación equivocada, donde lo más seguro será que vueles en pedazos.


*toctoc*


-Está abierto, pasa- dice una voz detrás de la puerta. Por lo demás Jergas es el hombre más hospitalario que conozco.


-Jergas, vengo de afuera, traje co…- voy entrando cuando me interrumpe


-Un momento- está sentado leyendo en el único mueble en la casa, su sillón- ven siéntate.


  Me abro paso entre las pilas de libros que atiborran su casa para sentarme a su lado. Jamás supe de dónde salió este hombre, de modos quisquillosos y pasión por la lectura, ambas cualidades inexistentes desde hace décadas. Mientras él termina saco de mi mochila lo que podría interesarle. Un par de libros, una lata de atún, y un pañuelo casi limpio. Entre línea y línea del libro veo como su ojo bueno le echa un vistazo a las cosas. No tardará mucho antes de que tenga su completa atención.


-Está bien, veamos qué traes- cierra su libro y se agacha para examinar las cosas en el suelo. Primero observa los libros -¡El resplandor! vaya, tiene un buen rato que no lo leo, la copia que tenía la perdí en una limpieza, muy bien. Y este ot…- Enmudece. Sus ojos fijos en la portada, una simple cubierta de plástico con el título, incomprensible para mi, lo absorben por completo- Este libro, ¿sabes lo que es?


-Un libro, para mi nada diferente al resto que tienes aquí.


-No, no, no, te equivocas. Este libro es único en su clase, aunque no solía serlo. Tanto tiempo lo anduve buscando. Por un tiempo me formulé una teoría conspiracional en la que el gobierno... bueno verás, se llama La guerra de los mundos, la escribió HG Welles, narra la historia ficticia de…- Esto es muy común para Jergas, perderse en sus palabras. No tiene caso intentar interrumpirlo, porque en realidad no te está hablando a ti, habla para sí mismo. Lo mejor es dejarlo correr y esperar, si tienes la paciencia. Más de una vez me he marchado a la mitad de su discurso y nunca lo ha tomado a mal. Pero ahora tengo tiempo que matar, y a pesar del polvo que se guarda entre tanto papel la casa de Jergas es de las más cómodas -y seguras- que conozco. 


Él también es un tanto agradable, si puedes acostumbrarte a su rostro. En algún momento de su vida sufrió una tragedia, que deformó la mitad izquierda de su cara. Esta enorme cicatriz hace imposible determinar su edad. He pensado varias veces en preguntarle sobre ambos temas, pero no me atrevo. Verán, la lectura y buenos modales no es lo único que Jergas trajo del viejo mundo a mi vida. A pesar de los ridículos pasos que me hace seguir cada vez que quiero entrar a su casa, es justo decir que es mi amigo, y no dudo que piense lo mismo de mi- … ¡se podría decir que fue casi profético!


-Excepto que ellos no son marcianos. No sabemos de donde son.


-No, no lo sabemos. Al menos no tú ni yo. En cualquier caso, espléndido hallazgo, tan solo este libro compensa lo que me has hecho hacer. Aun así aceptaré la comida. El pañuelo puedes quedártelo, sé dónde encontrar más.


-Bien, ¿te importa si duermo un momento? Hace dos días que no tengo la oportunidad.


-Fue un viaje pesado ¿no?


-Todos los viajes para afuera son pesados. Gracias a las bombas cada vez es más difícil encontrar cosas útiles. Te digo, no sé ya qué buscan los “marcianos” en este planeta. Al final, gane quien gane, será dueño de un planeta basura.


-Solo que no son marcianos, y puede que sea justo lo que buscan. Un planeta basura… 



--- 


  La siesta en casa de Jergas me sentó bien. Ahora que me es más fácil soportar el hambre -y mi mochila viene más ligera- no tengo problema en caminar 11 kilómetros hasta el burdel. Conforme camino el humor de la ciudad cambia, la gente vive cada vez más y más conglomerada, los edificios aunque mejor cuidados parecen más desgastados, casi al borde de su resistencia. De tanto en tanto me encuentro con una que otra persona que está fuera caminando sin rumbo. Entiendo como puede parecer una idea atractiva. Dentro la mayoría de los edificios están infestados de enfermos, ancianos y gente moribunda en general. Sin drenaje la mierda se acumula en los sótanos, la peste impregna el aire. En cuanto alguien encuentre la fuerza para salir de ahí no dudo que la aprovechen. Diablos, si no fuera por el toque de queda la mayoría viviría en la intemperie. 


  Aunque no todos los edificios apestan. El burdel donde trabaja Karen, por ejemplo, está por lo general perfumado y ordenado. Las casas de nuestros gobernantes son bonitas cajas con un pequeño patio donde sentarse a admirar el cielo, la puesta de sol o ver a sus hijos jugar en la tierra. 



  Los miembros de la patrulla viven en lo que podría decirse el justo medio. Una serie de complejos donde, amontonados en literas, pero en orden. Pueden bañarse cada tercer día y comen regularmente. Esas son ya razones suficientes para querer enlistarse. Otra es por que aguardan la falsa ilusión de crecer dentro de la fuerza, alcanzar el rango de comandante, un puesto político y mejorar su calidad de vida junto con la de su familia. Ilusos.


 Hay mejores oportunidades uniéndose a los excursionistas, y ni siquiera ahí uno encuentra muchas. La mitad de los novatos no sobrevive la primera salida, después el riesgo está entre la décima y quincuagésima, es cuando empiezan a ponerse de engreídos, dejan de prestar atención. Después de eso llamas la atención de los jefes, te invitan a sus casas, te ofrecen ser líder de patrulla. Crees que les agradas, te confías de nuevo. El problema es que no les agradas, y líder de patrulla no es un puesto que tenga vacantes a menos que uno de los líderes actuales muera, eso crea discordia. Por lo general al siguiente día o la patrulla de excursionistas tiene nuevo líder, o el pequeño up-commer desaparece. Esto explica que los líderes sean o muy viejos, o muy jóvenes.



Yo ya he salido catorce veces.



Entrar al burdel es más fácil que entrar a la casa de Jergas. Solo tienes que poder pagar. La entrada es una pequeña puerta roja con un listón rosa encima. El edificio es uno más en una larga hilera de tabiques pálidos en una calle del centro a dos cuadras del edificio de gobierno. Al tocar, la puerta se abre casi instantáneamente. Enseguida abre un gorila humano que pide el pago de entrada. Se lo doy y me deja pasar. Si demorara demasiado en el umbral me azotaría la puerta en la cara sin devolver el pago. Popeye se llama el encantador ser. 


Dentro la atmósfera es fantástica y extravagante. Alfombras de varios colores cubren el piso y las paredes. En el centro hay una sala de espera con un sillón y una planta artificial de dos metros. Hay tres habitaciones más y un baño, las puertas se mantienen cerradas a cal y canto hasta que el trabajo está terminado. Después se abren brevemente, sale un cliente satisfecho y entra uno no satisfecho. Con excepción del lobby, el resto de los pisos son iguales. 


Espero sentado en el sillón. Popeye a mi lado firme como estatua. Nada pasa, estaba a punto de quedar dormido cuando de las escaleras baja Sofía, la regente del burdel. Una mujer en sus cuarenta, delgada y de mirada firme. Ha conservado el burdel en su poder por 25 años, hazaña nada desdeñable.


-Llegas tarde, Karen se ha ido -dice secamente- a menos que gustes ver a otra chica, por favor vete. 


Popeye gira intimidante hacia mí. Les pagué con dos latas de comida y un paquete de cigarrillos bastante decente, aun así no dudan en echarme. 


-No, no es posible que se haya ido, todavía no son las...- Popeye se acerca. -Espera, sé que está aquí, déjame hablar con ella.


-Chico, sé lo mucho que ella te estima, por lo que tienes una oportunidad más. O escoges a otra chica, o te vas.


-Está bien, veré a otra chica. Rosa, veré a Rosa.


-Sígueme.


Subimos las escaleras, abajo Popeye recibe a otro cliente. 


Realmente no quiero ver a Rosa, pero su cuarto está un piso más arriba de Karen, en el sexto. Mientras subimos me topo con clientes satisfechos que salen de cuartos, chicas y chicos cansados pero tranquilos. De algunas puertas cerradas provienen ruidos conocidos y desconocidos. Los empleados no están obligados a hacer nada que no quieran, pero la gente suele pagar bien las extravagancias. Llegamos al cuarto piso. En cualquiera de las tres habitaciones de arriba está Karen, estoy seguro. Sofía, delante de mí hasta ahora, deja que la alcance y sube a mi lado. 


Frente a mi aparecen las tres puertas, todas cerradas. No contaba con esto, tendré que forzarlas todas. 


-Sofía, lo siento.


Se sobresalta cuando pateo la puerta a mí derecha. Dentro dos hombres se sobresaltan. Pateo la siguiente puerta, Jessica y un funcionario conocido están a medio vestir, también se sorprenden. Solo una puerta queda, Karen está aquí, Sofía ya llama a Popeye. Abro la puerta. Karen no está. No me importa quién o qué sí esté, Karen no está. Apenas siento la violencia con la que Popeye me toma y avienta a la calle.


-Muchacho no tenía nada contra ni, nada personal al menos- dice Sofía desde la puerta- pero ahora no te atrevas jamás a regresar aquí, o tendrás un serio problema.


¿Un serio problema? ya tengo un serio problema, Karen no está, no sé dónde buscarla.


… 


Empiezo a caminar y pierdo la noción del tiempo, me alejo sin rumbo fijo, hacia los lindes de la ciudad. Pronto anochecerá, iniciará el toque de queda y tendré que ir a mi “hogar”. Una habitación de doce metros cuadrados compartida con otros tres excursionistas. Pasadas un par de horas vendrá nuestro líder de patrulla a recoger cualquier provisión que tengamos. Ya que le di las mías a Jergas me obligarán a ir mañana a una excursión más. La famosa quincuagésima. Después de mañana no sé qué pueda pasar. La ciudad de mueve lenta y a paso manso, pero cuando se trata de tu vida... 


 No tengo problemas en morir, en esta ciudad naces con la hoja ya sobre tu cuello. Lo que me hastía es que no pude verla una vez más, ni entregársela. Con todo lo que arriesgué. Daría mi brazo por… Pero si ahí está, esperando en la puerta de mi edificio, sentada como perro abandonado.



-Karen, ¿dónde estabas? fui esta tarde al burdel, Sofía…


-Lo sé, yo estaba ahí- sus ojos desbordan arrepentimiento, sus labios tiemblan. Su mirada apenada se desvía- No podía verte, no en ese momento. Le dije a Sofía que te mintiera, ella aceptó sin preguntar. Sabía que querías verme, que era importante. Sé que solo te faltan dos excursiones para que te llamen, y que deseas verme lo más que…


-En realidad me falta una solamente. Mañana, hoy llegué de las afueras. Tenía que pagarle a Jergas por esto- busco en mi mochila, y saco lo último que me queda. Una pequeña lata de soda, llena de tierra, con una pequeña flor azul, no sé su nombre.


-¿Qué? ¿te arriesgaste tanto por una planta?


-No es solo una planta, es una flor. Jergas tenía unas cuantas semillas, pero conseguir la tierra apropiada no fue fácil, ya nada crece por aquí. Él se encargó de sembrarla y cuidarla. Me contó que antes la gente solía entregarlas a las personas que más les importara, las que de verdad amaban. Esta es para ti.


-Pero, ¿qué se supone que haga con esto? no se puede comer, tal vez pueda venderla pero no creo…


-¡No! no puedes venderla, es tuya, debes conservarla, y cada vez que la mires, recuerda que nadie te quiere tanto como yo. 


-¿Y eso de qué me sirve si estás muerto? ¡Ves!, por eso no quise verte, eres igual que el resto. Buscando la gran vida a cuestas de tu seguridad.


-No, no lo haré. Mañana será mi último trabajo. En cuanto pague mis deudas dejaré eso. Me uniré a la patrulla.


-Eso dijiste cuando empezaste, que namas iban a ser unos trabajos, no más de diez, pero continuaste, así como continuarás después de mañana. Gracias por la flor, pero si acaso llegas a sobrevivir, no quiero volver a verte. Para mi ya estás muerto, mejor ahora que después no estar segura. 


Se marcha. Las sombras crecen hasta envolverlo todo. Suenan las últimas diez campanadas del día. Inicia el toque de queda y la gente corre a sus refugios. Las luces de una patrulla ya se asoman por la calle. Será mejor que entre.



Cerdos. Esa es la única forma para describir a mis compañeros de cuarto, unos asquerosos, brutos cerdos. Sin ningún tipo de ambición o expectativa de sus vidas, cuando no están fuera están aquí encerrados, bebiendo y fumando lo que sea que su Carlos les arroje. Son tres, Hank, Norman, y Tyler. Hank es gordo y apesta a huevo rancio. Norman es más bajo que yo y por convicción propia no toma un baño desde hace tres años. Mide apenas 1.60 y tiene la peculiaridad de hablar casi a gritos. Tyler no tiene nada destacable, excepto que es un adicto a la masturbación. Con nula pena o pudor, lo hace cada vez que quiere, sin importar que el resto esté presente. 


-Hey, miren quién apareció- dice Hank sin particular entusiasmo.


-¿Encontraste algo interesante? ¿nos trajiste algún recuerdo?- grita Norman, no sé si entusiasmado pero sí un poco eufórico por la bebida.


Tyler no dice nada, está acostado masturbándose. Dormimos en literas. Norman y Hank a la izquierda, yo y Tyler a la derecha. El lugar lo turnamos, esta noche me toca arriba. Al menos no tendré que sentir cómo se mece la litera cuando a Tyler se le antoje pajearse.


-No, nada de su incumbencia. 


-Oh, tal vez deberías ser más amable. Escuché que te quedaste sin provisiones para Carlos, y tu mochila no parece muy llena. Es posible que me quede un par de cigarrillos o unos centímetros de cobre, pero no sé si quiera gastarlos en un bueno para nada como tú- dice Hank. No pretendo prestarle demasiada atención, pero su gran papada es difícil de ignorar.


-Puedes quedártelos, cerdo.


-No pensarás igual mañana quince-escurciones. Carlos no estará..


-Me vale un pene flácido lo que Carlos piense o no. Después de mañana me largo de aquí.


-Vaya vaya, entonces tenemos a un futuro-patrulla aquí. Bien, menos mal, ya será…


El cabrón sigue hablando, pero prefiero ignorarlo. No solo es que no sepa hablar e invente palabras como “quince-excursiones” o “futuro-patrulla”. A eso estoy habituado. Pero hoy en particular no estoy de humor para soportarlo. Prefiero dormir un poco antes de que llegue Carlos por el pago que no tengo.


… 


No sé qué hora es cuando llaman a la puerta. Con excepción de Tyler todos dormían. Nos levantamos y salimos al pasillo. Fuera no hay techo y la noche es fría. Se trata de un estrecho corredor que conecta las puertas de los dormitorios. Solo los dos a nuestra derecha son del grupo de Carlos, los demás recolectan otro día. Aun así los doce de nosotros apenas cabemos.


Carlos fue quien llamó a la puerta, él es nuestro líder de patrulla. Un hombre calvo y musculoso. Las venas marcadas en su cuero cabelludo le dan un aspecto bestial. Sus ojos, inexpresivos y cansados, nos recorren mientras recoge los pagos. Al llegar hasta mí se detiene. Esta es la primera vez que debo, pero eso no le importa. Sabe que mañana es mi última excursión antes de que sea llamado y ofrecido su puesto. Me gustaría decirle que se relaje, que no pretendo seguir por mucho tiempo. Pero temo que lo tome como insulto o peor, como reto. Después de asesinarme en su mente continúa el recorrido. Esta noche todos pagaron (menos yo). Menos mal. Cuando un líder reprime a un excursionista suele hacer un gran escándalo. Parece que podré dormir mi última noche aquí en paz.



 Los líderes de excursión tienen comprada a la mitad de las patrullas que controlan los faros por la noche. Ellos les citan a una hora para su regreso, entonces por treinta segundos apagan las luces en el campo minado. Sonará como poca cosa, pero hasta ahora no he conocido a nadie que lo haya intentado y haya regresado. Al menos no por primera vez. Además se ocupan de la comida para el viaje. Preparan un embutido que sabe asqueroso y huele aún peor, pero sorprendentemente te llena el estómago y te mantiene activo. Nunca he preguntado de qué está hecho ni pienso hacerlo.


Por fortuna aprendo rápido, y mi quinta excursión la pude hacer por mi cuenta sin demasiada complicación. La rutina es exhaustiva. Primero salir en grupos de tres, cada diez minutos. Cada grupo se dirige a una entrada de cloaca distinta. Dentro de las cloacas nos dirigimos a un punto de encuentro. Lo mismo para cruzar el campo por el día. Una vez del otro lado no importa que te vean los guardias, mientras no te dirijas hacia la ciudad, bien te dan por muerto. 


Una vez cruzado el campo la suerte está echada.


Se dice que los visitantes están vigilando el campo de batalla todo el tiempo. Preparando trampas letales, aunque han pasado décadas desde que alguien los viera.


Esta mañana salimos apenas termina el toque, a las nueve. Para las tres de la tarde ya estábamos del otro lado, lejos de las minas, la torres de vigilancia, y todo lo que el resto de la gente dentro de la ciudad da por sentado. Nuestro grupo de doce atraviesa una llanura desértica con unas penosas manchas de hierba seca. No es muy extensa, pero el arduo sol nos agota con facilidad. Aparte de los constantes quejidos silenciosos de los novatos todo es silencio  


Tardamos media hora en llegar al otro lado. Nadie sabe con exactitud qué es esto. Una base militar atiborrada de basura o un viejo basurero tomado como base militar en los tiempos de la primera resistencia. Lo que sí sabemos es que sabiendo buscar bien encuentras cosas útiles. Láminas de metal, mantas no tan llenas de chinches o polillas, alambres en buen estado, repuestos de aparatos electrónicos (los cuales se venden a muy buen precio) y montones tras montones de cosas para quemar, como papel, plásticos, y un ocasional trozo de madera. Hubo un tiempo en que se encontraban mejores cosas, pero las llevaron rápidamente a la ciudad. Ni de broma encontrarás comida aquí, a no sea que atrapes cucarachas. Aun así con la gente adecuada puedes tomar un buen botín. 


Los novatos suelen dispersarse, asombrados de haber salido. En esta ocasión, dos de ellos subieron a la carcasa de un automóvil y permanecieron mirando al horizonte por bastante tiempo hasta que Carlos reparó en ellos.


-Oigan par de holgazanes, no estamos en un día de campo. Bajen inmediatamente antes de que los jale de los testículos.


Los chicos bajan espantados, uno tropieza y casi termina el descenso rodando. 


Tras un par de horas de nadar en basura y fetidez, Carlos nos hace apilar las cosas en un rincón, cubrirlas con una lona y prepararnos para marchar. 


-Asegúrense de cubrirla bien, no queremos que la escoria del Polaco llegue y hurte una mañana de arduo trabajo. Ya me la aplicaron una vez, no le dejaré que me chinguen de nuevo- dice a manera de justificación a una pregunta que nadie hizo.


-¿Por qué no la llevamos?- pregunta uno de los novatos.


-Muy bien, ya que te apetece cargar mil kilos de buena basura por qué no empiezas tú. Vamos, seguro no te cansarás de cargarla el resto del viaje, son casi quince kilómetros de ida y vuelta- las venas en su cabeza calva empiezan a palpitar- ¡Seguro estás lleno de energía ya que no paras de hablar!


El chico calla y se aleja un poco del grupo. Carlos se tranquiliza y nos ordena continuar.


Pronto llegamos a una gran autopista. Seguirla nos lleva a las ruinas de una gran ciudad con edificios monumentales.. Ahí es donde se encuentran la mayor parte de las buenas cosas- las latas de comida que le di a Jergas y con las que pagué mi entrada al burdel ayer por ejemplo-. Es tan grande que no se sabe dónde termina.


Una excursión así puede durar desde un par de días hasta una semana entera. Por lo general mientras más participantes más se extiende. Esta vez se planeó para durar 4 días. 


Al final del primer día ya llegamos a la ciudad. Los enormes edificios eclipsan todo asombro de los novatos, e incluso algunos de los más experimentados, como un servidor, no deja de contemplarlos con miedo. Pocas cosas en la vida me provocan tanta -o verdadera- intriga, como estos monstruos. La primera vez que entré a uno temí que como una bestia, las entradas se derrumbaran tras de mí y el edificio me tragara para siempre. 


Lo primero que hacemos al llegar es buscar un lugar en el cual establecernos, donde reunir los víveres que recolectemos, estando seguros de que nadie nos sorprenderá. Esta vez es bajo un puente, tendemos unas mantas, preparamos un fuego, y si el viento sopla fuerte levantamos una pared de cartón. En temporada de lluvia, debemos protegeernos con algo más impermeable, pero ahora nos es suficiente. 


Los primeros dos días transcurren con relativa calma. Los muchachos buscan entre escombros, cadáveres descompuestos (animales y humanos), con suerte encuentran alguna lata de comida o trozo de cobre.


Por mi parte intento mantenerme separado del resto, darme un respiro de mis entrañables compañeros. En esta ocasión Carlos me da una atención especial, no lo culpo. 



Al tercer día me levanto unos momentos antes del amanecer, pretendiendo sacar ventaja y con suerte encontrar las latas de comida que me faltan. Con nada más que mi mochila y la linterna me alejo sin discreción. Las calles son rectas por lo que no corro riesgo de perderme, solo cuido en contar bloques, manzanas y giros cuando los haga. Después de una hora sale el sol, doy una vuelta a la derecha, sigo por dos manzanas y giro a la izquierda. Por aquí encontré mi botín hace apenas tres días. 


Camino por otras dos horas y me topo con algo bastante insólito. Un edificio como nunca lo había visto. Este no es rectangular, sino de estructura más compleja. Lleno de grabados detallados, torres macizas, una enorme entrada con las puertas destrozadas. Frente a él una amplia explanada. Mientras el sol asciende su color cobre deslumbra la opacidad natural de la ciudad. Entonces puedo ver muy en la cima una cruz. 


No suelo rendirme a mis impulsos, por lo que se imaginarán mi curiosidad al entrar a este lugar, donde por donde se viera, no pareciera guardar nada útil. Subir las escaleras hacia la entrada la oscuridad alimentaba mi suspenso. Lo que en el pasado llaman un momento de revelación. La sola belleza del lugar, su mera naturaleza me llena en niveles que no atendía en el pasado, pero a momentos me recordaban dulces momentos con mi amada Karen. 


También supuse que algo parecido sentía Jergas al leer sus libros, una y otra vez. Pinturas y murales destruidos, pero aun así bellos como nunca los había visto, el eco envolvente de mis pasos, o tal vez el por primera vez en mi vida estar frente a algo claramente más importante que yo, despertó algo en mi. Sentí el anhelante deseo de ver este lugar vivo, en sus mejores tiempos. Cualquiera que haya sido su función, debió ser importante para la gente de la ciudad. No para el gobierno o alguna mafia, para la gente. No satisfacía alguna función esencial como comer, coger o resguardarse durante el toque de queda, si no algo más allá de toda explicación. Todas estas cosas se me hicieron evidentes, no sé como, pero jamás tuve algo tan claro en mi vida, jamás sentí alguna verdad. Me recordó de nuevo a mi amor por Karen. Las flores no la sorprendieron, no hicieron lo que debían, pero si la traigo a este lugar entenderá como yo he entendido. El problema será por supues… 


Algo me saca del trance, un sonido. Alguien detrás de mí. Me escondo tras unos pilares para observar. Por unos segundos nada pasa, pero después uno de los novatos sale titubeante de la esquina de un edificio en frente. Parece que no me saqué tanta ventaja como debía. ¿Si llegara a entrar sentiría lo mismo que yo? ¿le diría al resto? No puedo arriesgarme. Salgo de mi escondite y lo llamo a señas. Bajo hasta el final de las escaleras donde me alcanza.


-¿Qué haces siguiéndome? ¿nadie te dijo que si alguien sale así es porque no le gusta compartir? ¿qué crees que hubiera hecho contigo si encuentro algo que no quiero compartir eh?- nunca he sido bueno para intimidar, pero el novato se pone bastante nervioso.


-No, lo siento. No te preocupes hombre, no necesitas compartir conmigo. Yo solo quería ver cómo es que ustedes los pro´s lo hacen. Veras hombre, yo y mi compa hemos buscado estos tres días sin descansar, pero no hemos encontrado nada bueno. Estamos desesperados hombre. 


-¿Recuerdas bien cómo llegaste aquí?


-Sí hombre, fui precavido. Conte los bloques y todo, dos a la derecha y uno a la izquierda, no lo olvidaré.


-Lástima, hubieras sido un buen excursionista- en verdad odio hacer esto, pero no puedo permitir que traiga a su “compa’”. No ve venir el golpe, mi puño se estampa de lleno en su cara, tirándolo en el suelo. El muchacho se ve bastante enclenque, para nada del tipo peligroso o agresivo, pero no me arriesgo a que se levante y eché a correr de regreso al campamento. Le pateo un par de veces en el estómago para quitarle el aliento, una en la cabeza para aturdirlo. Me acerco y comienzo a asfixiarlo con mis manos. Por un momento intenta resistirse, pero pronto empieza a perder el conocimiento. Su cuello se tensa, por debajo de su piel siento como su pulso se incrementa. Sus ojos se tornan blancos. Con sus labios pintados de sangre intentan clamar clemencia y piedad.


Estoy cerca de terminarlo cuando una explosión me empuja un par de metros hacia adelante.. Me cuesta un poco levantarme, pero lo consigo. Al voltear veo algo que, por el solo hecho de contarlo, puede llevarme preso y sentenciado a muerte. Son ellos.


Son gigantescos. De dos metros cada uno, anchos brazos, están sobre un crater el triple de su tamaño, justo donde me encontraba yo hace unos segundos. Son dos, uno de ellos carga en sus brazos al novato. El otro me ha visto y se acerca lentamente. Echo a correr, sin mirar atrás.


Dios, espero haber matado al muchacho, porque lo que le harán ellos… por su propio bien espero que esté muerto.



La carrera al campamento es más como un sueño que un recuerdo que pueda describir. Apoderado del pánico no volteé jamás para ver si me perseguían, por momentos creí escuchar sus pisadas, pero no gozaba de tanta lucidez como para decir que fueron reales. Al quedarme sin aliento cerraba los ojos, entonces veía el rostro del muchacho, primero muriendo bajo mi cuerpo, luego en los brazos de ese monstruo. Una vez más le deseé la muerte.


De un momento a otro ya estaba en el campamento, centro de la mirada de los pocos presentes, entre ellos Carlos. El amigo del novato ausente, seguro buscando a su compañero. Ojalá esté muerto.


-¿Qué encontraste?- dice Carlos mientras se acerca. Ignoran mi cansancio, se va directo a revisar mi mochila sin esperar a que la descuelgue de mi espalda. La siente ligera y no se molesta en abrirla- te recuerdo que estás atrasado con tus cuotas, nos vamos mañana, te convendría buscar mejor.


Asiento, aún sin recuperarme de todo. Camino en dirección contraria a la que llegué, hacia una pequeña calle sin mucho para ver. Lo último que espero es encontrar comida ahí, solo necesito un momento para repasar lo que vi, darme un respiro. 


… 


El atardecer del último día. Si alguna vez nosotros los excursionistas sentimos emoción por emprender el camino, es ahora. Con la idea de regresar a un hogar que en realidad no existe, pero con el peligro de el campo minado todavía lejos, por una vez el camino delante no pinta tan mal. Hasta ahorita solo han desaparecido dos excursionistas, el novato y Tyler. Nadie se molesta en preguntar por este último, por el novato solo su compañero, pero pronto desiste y lo da por muerto. Dos desaparecidos y faltan minas por recorrer. Aparte de la basura -que esperamos siga- en el basurero del inicio, no volveremos con mucho, y nuestros víveres están agotándose. Por mi parte no encontré nada de valo, aunque Carlos es la menor de mis preocupaciones. Si alguien llegara a saber lo que vi… . Apesar de todo los demás mantienen el espíritu alto, duermen tranquilos, yo nada. 


Al amanecer Carlos se ocupa de levantarnos a todos, a partir de ahora el optimismo empieza a declinar poco a poco. Pronto estamos de regreso por la carretera. Durante el camino de regreso unos cuantos aviones se escuchan sobre nosotros, pero la nube de contaminación este día es tan densa que no se ve nada. Llegamos al basurero, nos repartimos el peso y continuamos. 


Anochece y a lo lejos ya se ven los faros, llegamos al campo minado. Es un lugar diferente por el que yo entré, tengo una vaga idea de donde están las minas, pero no me atrevo a asegurarlo. Quisiera separarme del grupo, ir por donde conozco, pero Carlos jamás lo permitirá. Estando tan cerca de la ciudad tenemos prohibido perdernos de vista, en caso de que tengamos algo demasiado bueno para compartir, y a Carlos solo le falta una excusa para desaparecerme. El único novato que resta está temblando, de frío y miedo. Le entiendo, carajo, todos aquí le entendemos. Nadie olvida su primer cruce de noche, es donde el verdadero peligro se esconde, tras la mira del faro y el fusil que lo acompaña, o bajo la arena, lista para volarte en pedazos. Seguimos esperando hasta que las luces parpadean tres veces. Luego se apagan por completo.


-¡Ya!- dice Carlos, y sin más preocupación por el resto, cruza la valla, comienza a correr. Él sí conoce el camino, y que por más valiosos que pueda ser un botín -que esta noche no lo es- jamás valdrá más que su vida.


No puedo quedarme atrás. Hago lo posible por seguir sus pasos, en el sentido más literal que nadie jamás haya intentado. Algunos me siguen, solo espero que se den cuenta que si se atrasan demasiado la luz regresará, no todos podemos ir en fila India. Algunos se dan cuenta de esto, y abren su propio camino. Pronto la primera detonación, delante de mí un pobre idiota se apresuró demasiado. El viento sopla en la dirección correcta para que una brizna de sus sangre y demás fluidos bañe mi cara. Ya voy por la mitad del camino. Los trozos de su cuerpo y lo que sea que estuviera cargando caen, uno por uno, una lluvia silenciosa, fúnebre. Cuento ya hasta el 25, solo diez metros más, Carlos ya llegó. La meta es la entrada de cloaca. Dos afortunados, Hank uno de ellos, llegan por otro camino. Lo siguiente ocurre en apenas cinco segundos y en plena oscuridad, pero no dudo en lo más mínimo su veracidad. Hank mira a Carlos, este asciente, entonces Hank salta de vuelta al campo, impidiéndome el paso. Las luces se encienden, detrás una detonación más, y los disparos de los guardias en las torres comienzan. Intento embestir a Hank, pero pesa el triple que yo. Comenzamos a forcejear, está a punto de aventarme de regreso cuando una detonación más detrás nos empuja a los dos directo hacia la entrada y golpeo con brutal fuerza en el concreto.


 Me desvanezco lentamente, en un solemne intento de partir a Noche 2


Por fuera, la ciudad parece más un mausoleo que el último vestigio de civilización. Supongo que bien podrían ser ambas. El gran muro, hecho de láminas oxidadas, tablas de cartón y madera apilada, abraza la penosa urbe.. Una nube de polvo, hongos y smog la envuelve, como un cálido manto o el sofocante abrazo de una madre sobreprotectora. A lo largo distintas torres de vigilancia los miembros de la Guardia Nacional se disponen a neutralizar cualquier intento de entrar. 


Escapar del faro es fácil. Lo difícil es hacerlo mientras cuidas tus pasos. El campo minado es el último obstáculo a superar para llegar a las cloacas. De ahí, cruzar el sistema de drenaje hasta los límites dentro de la ciudad es pan comido, conociendo el camino. Alguna vez Carlos me dijo que sobrevivir estas excursiones era mitad mantener los ojos abiertos y la otra mitad pura suerte. No le creo, es la catorceava vez que salgo. Es más que mera suerte. El campo es apenas de 200 metros de largo, y las minas no se mueven de lugar, una vez conociendo el camino es cuestión de dar el paso correcto. También ayuda observar los patrones en los que la luz recorre el campo. Después la carrera en línea recta apenas. Son veinte segundos, sin embargo, peores cosas han pasado en menos tiempo.


Aun así, soy capaz de llegar al final una vez más. La entrada a la cloaca se supone debe estar sellada, pero estando tan apartados del centro a nadie le importa realmente. Todos saben esto, y algunos decidimos aprovecharlo. Si en el pasado las apasionantes historias eran sobre cárteles, mafias y pandillas que traficaban drogas y alcohol, ahora se cuenta de comida, alcohol, cigarros, y refacciones para los aparatos electrónicos y cualquier otra cosa que los excursionistas puedan encontrar del otro lado.


El gobierno vio en esto una solución a sus problemas y decidió hacerse de la vista gorda, aunque no por eso nos facilita el trabajo. Las luces y minas permanecen. 


Dentro de las cloacas es fácil perderse, muchos han encontrado aquí su tumba. Dentro el pequeño riachuelo es casi imperceptible. El sistema de drenaje en la ciudad está paralizado. Pareciera que lo único que transportan estos ductos son personas. Reviso en mi mochila; una lámpara con dos baterías, cada una dura dos minutos aproximadamente, tres y medio si las hago rendir apagándolas por intervalos. En total son siete minutos. Nunca he completado el recorrido en menos de quince minutos. Supongo que tendré que hacer acopio de toda la suerte que tenga disponible.


… 


  La tapa de la coladera es un trozo de cartón, eso por si solo te habla de los esfuerzos por mantener a la gente dentro. El sol empieza a despuntar. Los límites de la ciudad son los más despoblados, la gente aún desconfía del peligro exterior. En varios de los edificios se han establecido los traficantes y sus almacenes. Se dice que tienen tanta comida como para llenar un edificio entero, y que la mueven cada dos horas para mantenerlo en secreto. Pura mierda si me preguntan. Nada tan grande como eso podría mantenerse en secreto. Si antes entre el crimen existía algún tipo de lealtad u honor. Está tan muerto como el resto del mundo. Ahora la lealtad la compra quien te alimente y te proteja, y por lo general el poder protege y alimenta a quien le es útil. 


  A lo lejos suenan nueve campanadas. Son las nueve de la mañana y el toque de queda ha terminado. Ya puedo salir de este hoyo de mierda. Karen está en el centro, pero no tiene caso ir hasta allá hasta después de la una, hora en que termina su turno en el burdel. Entre tanto puedo ir con Jergas, su casa está cerca.




  Para entrar a la casa de Jergas tienes que tocar tres veces en la puerta de metal, contar hasta quince, tocar dos veces en la de madera, silbar un momento, tocar tres veces más en la puerta de metal y dirigirte a un callejón. Ahí encontrarás una puerta abierta, subirás las escaleras al segundo piso, y buscarás la puerta con una corbata colgada de la perilla. Si no sigues el paso de las puertas la corbata no estará y podrás entrar en una habitación equivocada, donde lo más seguro será que vueles en pedazos.


*toctoc*


-Está abierto, pasa- dice una voz detrás de la puerta. Por lo demás Jergas es el hombre más hospitalario que conozco.


-Jergas, vengo de afuera, traje co…- voy entrando cuando me interrumpe


-Un momento- está sentado leyendo en el único mueble en la casa, su sillón- ven siéntate.


  Me abro paso entre las pilas de libros que atiborran su casa para sentarme a su lado. Jamás supe de dónde salió este hombre, de modos quisquillosos y pasión por la lectura, ambas cualidades inexistentes desde hace décadas. Mientras él termina saco de mi mochila lo que podría interesarle. Un par de libros, una lata de atún, y un pañuelo casi limpio. Entre línea y línea del libro veo como su ojo bueno le echa un vistazo a las cosas. No tardará mucho antes de que tenga su completa atención.


-Está bien, veamos qué traes- cierra su libro y se agacha para examinar las cosas en el suelo. Primero observa los libros -¡El resplandor! vaya, tiene un buen rato que no lo leo, la copia que tenía la perdí en una limpieza, muy bien. Y este ot…- Enmudece. Sus ojos fijos en la portada, una simple cubierta de plástico con el título, incomprensible para mi, lo absorben por completo- Este libro, ¿sabes lo que es?


-Un libro, para mi nada diferente al resto que tienes aquí.


-No, no, no, te equivocas. Este libro es único en su clase, aunque no solía serlo. Tanto tiempo lo anduve buscando. Por un tiempo me formulé una teoría conspiracional en la que el gobierno... bueno verás, se llama La guerra de los mundos, la escribió HG Welles, narra la historia ficticia de…- Esto es muy común para Jergas, perderse en sus palabras. No tiene caso intentar interrumpirlo, porque en realidad no te está hablando a ti, habla para sí mismo. Lo mejor es dejarlo correr y esperar, si tienes la paciencia. Más de una vez me he marchado a la mitad de su discurso y nunca lo ha tomado a mal. Pero ahora tengo tiempo que matar, y a pesar del polvo que se guarda entre tanto papel la casa de Jergas es de las más cómodas -y seguras- que conozco. 


Él también es un tanto agradable, si puedes acostumbrarte a su rostro. En algún momento de su vida sufrió una tragedia, que deformó la mitad izquierda de su cara. Esta enorme cicatriz hace imposible determinar su edad. He pensado varias veces en preguntarle sobre ambos temas, pero no me atrevo. Verán, la lectura y buenos modales no es lo único que Jergas trajo del viejo mundo a mi vida. A pesar de los ridículos pasos que me hace seguir cada vez que quiero entrar a su casa, es justo decir que es mi amigo, y no dudo que piense lo mismo de mi- … ¡se podría decir que fue casi profético!


-Excepto que ellos no son marcianos. No sabemos de donde son.


-No, no lo sabemos. Al menos no tú ni yo. En cualquier caso, espléndido hallazgo, tan solo este libro compensa lo que me has hecho hacer. Aun así aceptaré la comida. El pañuelo puedes quedártelo, sé dónde encontrar más.


-Bien, ¿te importa si duermo un momento? Hace dos días que no tengo la oportunidad.


-Fue un viaje pesado ¿no?


-Todos los viajes para afuera son pesados. Gracias a las bombas cada vez es más difícil encontrar cosas útiles. Te digo, no sé ya qué buscan los “marcianos” en este planeta. Al final, gane quien gane, será dueño de un planeta basura.


-Solo que no son marcianos, y puede que sea justo lo que buscan. Un planeta basura… 



--- 


  La siesta en casa de Jergas me sentó bien. Ahora que me es más fácil soportar el hambre -y mi mochila viene más ligera- no tengo problema en caminar 11 kilómetros hasta el burdel. Conforme camino el humor de la ciudad cambia, la gente vive cada vez más y más conglomerada, los edificios aunque mejor cuidados parecen más desgastados, casi al borde de su resistencia. De tanto en tanto me encuentro con una que otra persona que está fuera caminando sin rumbo. Entiendo como puede parecer una idea atractiva. Dentro la mayoría de los edificios están infestados de enfermos, ancianos y gente moribunda en general. Sin drenaje la mierda se acumula en los sótanos, la peste impregna el aire. En cuanto alguien encuentre la fuerza para salir de ahí no dudo que la aprovechen. Diablos, si no fuera por el toque de queda la mayoría viviría en la intemperie. 


  Aunque no todos los edificios apestan. El burdel donde trabaja Karen, por ejemplo, está por lo general perfumado y ordenado. Las casas de nuestros gobernantes son bonitas cajas con un pequeño patio donde sentarse a admirar el cielo, la puesta de sol o ver a sus hijos jugar en la tierra. 



  Los miembros de la patrulla viven en lo que podría decirse el justo medio. Una serie de complejos donde, amontonados en literas, pero en orden. Pueden bañarse cada tercer día y comen regularmente. Esas son ya razones suficientes para querer enlistarse. Otra es por que aguardan la falsa ilusión de crecer dentro de la fuerza, alcanzar el rango de comandante, un puesto político y mejorar su calidad de vida junto con la de su familia. Ilusos.


 Hay mejores oportunidades uniéndose a los excursionistas, y ni siquiera ahí uno encuentra muchas. La mitad de los novatos no sobrevive la primera salida, después el riesgo está entre la décima y quincuagésima, es cuando empiezan a ponerse de engreídos, dejan de prestar atención. Después de eso llamas la atención de los jefes, te invitan a sus casas, te ofrecen ser líder de patrulla. Crees que les agradas, te confías de nuevo. El problema es que no les agradas, y líder de patrulla no es un puesto que tenga vacantes a menos que uno de los líderes actuales muera, eso crea discordia. Por lo general al siguiente día o la patrulla de excursionistas tiene nuevo líder, o el pequeño up-commer desaparece. Esto explica que los líderes sean o muy viejos, o muy jóvenes.



Yo ya he salido catorce veces.



Entrar al burdel es más fácil que entrar a la casa de Jergas. Solo tienes que poder pagar. La entrada es una pequeña puerta roja con un listón rosa encima. El edificio es uno más en una larga hilera de tabiques pálidos en una calle del centro a dos cuadras del edificio de gobierno. Al tocar, la puerta se abre casi instantáneamente. Enseguida abre un gorila humano que pide el pago de entrada. Se lo doy y me deja pasar. Si demorara demasiado en el umbral me azotaría la puerta en la cara sin devolver el pago. Popeye se llama el encantador ser. 


Dentro la atmósfera es fantástica y extravagante. Alfombras de varios colores cubren el piso y las paredes. En el centro hay una sala de espera con un sillón y una planta artificial de dos metros. Hay tres habitaciones más y un baño, las puertas se mantienen cerradas a cal y canto hasta que el trabajo está terminado. Después se abren brevemente, sale un cliente satisfecho y entra uno no satisfecho. Con excepción del lobby, el resto de los pisos son iguales. 


Espero sentado en el sillón. Popeye a mi lado firme como estatua. Nada pasa, estaba a punto de quedar dormido cuando de las escaleras baja Sofía, la regente del burdel. Una mujer en sus cuarenta, delgada y de mirada firme. Ha conservado el burdel en su poder por 25 años, hazaña nada desdeñable.


-Llegas tarde, Karen se ha ido -dice secamente- a menos que gustes ver a otra chica, por favor vete. 


Popeye gira intimidante hacia mí. Les pagué con dos latas de comida y un paquete de cigarrillos bastante decente, aun así no dudan en echarme. 


-No, no es posible que se haya ido, todavía no son las...- Popeye se acerca. -Espera, sé que está aquí, déjame hablar con ella.


-Chico, sé lo mucho que ella te estima, por lo que tienes una oportunidad más. O escoges a otra chica, o te vas.


-Está bien, veré a otra chica. Rosa, veré a Rosa.


-Sígueme.


Subimos las escaleras, abajo Popeye recibe a otro cliente. 


Realmente no quiero ver a Rosa, pero su cuarto está un piso más arriba de Karen, en el sexto. Mientras subimos me topo con clientes satisfechos que salen de cuartos, chicas y chicos cansados pero tranquilos. De algunas puertas cerradas provienen ruidos conocidos y desconocidos. Los empleados no están obligados a hacer nada que no quieran, pero la gente suele pagar bien las extravagancias. Llegamos al cuarto piso. En cualquiera de las tres habitaciones de arriba está Karen, estoy seguro. Sofía, delante de mí hasta ahora, deja que la alcance y sube a mi lado. 


Frente a mi aparecen las tres puertas, todas cerradas. No contaba con esto, tendré que forzarlas todas. 


-Sofía, lo siento.


Se sobresalta cuando pateo la puerta a mí derecha. Dentro dos hombres se sobresaltan. Pateo la siguiente puerta, Jessica y un funcionario conocido están a medio vestir, también se sorprenden. Solo una puerta queda, Karen está aquí, Sofía ya llama a Popeye. Abro la puerta. Karen no está. No me importa quién o qué sí esté, Karen no está. Apenas siento la violencia con la que Popeye me toma y avienta a la calle.


-Muchacho no tenía nada contra ni, nada personal al menos- dice Sofía desde la puerta- pero ahora no te atrevas jamás a regresar aquí, o tendrás un serio problema.


¿Un serio problema? ya tengo un serio problema, Karen no está, no sé dónde buscarla.


… 


Empiezo a caminar y pierdo la noción del tiempo, me alejo sin rumbo fijo, hacia los lindes de la ciudad. Pronto anochecerá, iniciará el toque de queda y tendré que ir a mi “hogar”. Una habitación de doce metros cuadrados compartida con otros tres excursionistas. Pasadas un par de horas vendrá nuestro líder de patrulla a recoger cualquier provisión que tengamos. Ya que le di las mías a Jergas me obligarán a ir mañana a una excursión más. La famosa quincuagésima. Después de mañana no sé qué pueda pasar. La ciudad de mueve lenta y a paso manso, pero cuando se trata de tu vida... 


 No tengo problemas en morir, en esta ciudad naces con la hoja ya sobre tu cuello. Lo que me hastía es que no pude verla una vez más, ni entregársela. Con todo lo que arriesgué. Daría mi brazo por… Pero si ahí está, esperando en la puerta de mi edificio, sentada como perro abandonado.



-Karen, ¿dónde estabas? fui esta tarde al burdel, Sofía…


-Lo sé, yo estaba ahí- sus ojos desbordan arrepentimiento, sus labios tiemblan. Su mirada apenada se desvía- No podía verte, no en ese momento. Le dije a Sofía que te mintiera, ella aceptó sin preguntar. Sabía que querías verme, que era importante. Sé que solo te faltan dos excursiones para que te llamen, y que deseas verme lo más que…


-En realidad me falta una solamente. Mañana, hoy llegué de las afueras. Tenía que pagarle a Jergas por esto- busco en mi mochila, y saco lo último que me queda. Una pequeña lata de soda, llena de tierra, con una pequeña flor azul, no sé su nombre.


-¿Qué? ¿te arriesgaste tanto por una planta?


-No es solo una planta, es una flor. Jergas tenía unas cuantas semillas, pero conseguir la tierra apropiada no fue fácil, ya nada crece por aquí. Él se encargó de sembrarla y cuidarla. Me contó que antes la gente solía entregarlas a las personas que más les importara, las que de verdad amaban. Esta es para ti.


-Pero, ¿qué se supone que haga con esto? no se puede comer, tal vez pueda venderla pero no creo…


-¡No! no puedes venderla, es tuya, debes conservarla, y cada vez que la mires, recuerda que nadie te quiere tanto como yo. 


-¿Y eso de qué me sirve si estás muerto? ¡Ves!, por eso no quise verte, eres igual que el resto. Buscando la gran vida a cuestas de tu seguridad.


-No, no lo haré. Mañana será mi último trabajo. En cuanto pague mis deudas dejaré eso. Me uniré a la patrulla.


-Eso dijiste cuando empezaste, que namas iban a ser unos trabajos, no más de diez, pero continuaste, así como continuarás después de mañana. Gracias por la flor, pero si acaso llegas a sobrevivir, no quiero volver a verte. Para mi ya estás muerto, mejor ahora que después no estar segura. 


Se marcha. Las sombras crecen hasta envolverlo todo. Suenan las últimas diez campanadas del día. Inicia el toque de queda y la gente corre a sus refugios. Las luces de una patrulla ya se asoman por la calle. Será mejor que entre.



Cerdos. Esa es la única forma para describir a mis compañeros de cuarto, unos asquerosos, brutos cerdos. Sin ningún tipo de ambición o expectativa de sus vidas, cuando no están fuera están aquí encerrados, bebiendo y fumando lo que sea que su Carlos les arroje. Son tres, Hank, Norman, y Tyler. Hank es gordo y apesta a huevo rancio. Norman es más bajo que yo y por convicción propia no toma un baño desde hace tres años. Mide apenas 1.60 y tiene la peculiaridad de hablar casi a gritos. Tyler no tiene nada destacable, excepto que es un adicto a la masturbación. Con nula pena o pudor, lo hace cada vez que quiere, sin importar que el resto esté presente. 


-Hey, miren quién apareció- dice Hank sin particular entusiasmo.


-¿Encontraste algo interesante? ¿nos trajiste algún recuerdo?- grita Norman, no sé si entusiasmado pero sí un poco eufórico por la bebida.


Tyler no dice nada, está acostado masturbándose. Dormimos en literas. Norman y Hank a la izquierda, yo y Tyler a la derecha. El lugar lo turnamos, esta noche me toca arriba. Al menos no tendré que sentir cómo se mece la litera cuando a Tyler se le antoje pajearse.


-No, nada de su incumbencia. 


-Oh, tal vez deberías ser más amable. Escuché que te quedaste sin provisiones para Carlos, y tu mochila no parece muy llena. Es posible que me quede un par de cigarrillos o unos centímetros de cobre, pero no sé si quiera gastarlos en un bueno para nada como tú- dice Hank. No pretendo prestarle demasiada atención, pero su gran papada es difícil de ignorar.


-Puedes quedártelos, cerdo.


-No pensarás igual mañana quince-escurciones. Carlos no estará..


-Me vale un pene flácido lo que Carlos piense o no. Después de mañana me largo de aquí.


-Vaya vaya, entonces tenemos a un futuro-patrulla aquí. Bien, menos mal, ya será…


El cabrón sigue hablando, pero prefiero ignorarlo. No solo es que no sepa hablar e invente palabras como “quince-excursiones” o “futuro-patrulla”. A eso estoy habituado. Pero hoy en particular no estoy de humor para soportarlo. Prefiero dormir un poco antes de que llegue Carlos por el pago que no tengo.


… 


No sé qué hora es cuando llaman a la puerta. Con excepción de Tyler todos dormían. Nos levantamos y salimos al pasillo. Fuera no hay techo y la noche es fría. Se trata de un estrecho corredor que conecta las puertas de los dormitorios. Solo los dos a nuestra derecha son del grupo de Carlos, los demás recolectan otro día. Aun así los doce de nosotros apenas cabemos.


Carlos fue quien llamó a la puerta, él es nuestro líder de patrulla. Un hombre calvo y musculoso. Las venas marcadas en su cuero cabelludo le dan un aspecto bestial. Sus ojos, inexpresivos y cansados, nos recorren mientras recoge los pagos. Al llegar hasta mí se detiene. Esta es la primera vez que debo, pero eso no le importa. Sabe que mañana es mi última excursión antes de que sea llamado y ofrecido su puesto. Me gustaría decirle que se relaje, que no pretendo seguir por mucho tiempo. Pero temo que lo tome como insulto o peor, como reto. Después de asesinarme en su mente continúa el recorrido. Esta noche todos pagaron (menos yo). Menos mal. Cuando un líder reprime a un excursionista suele hacer un gran escándalo. Parece que podré dormir mi última noche aquí en paz.



 Los líderes de excursión tienen comprada a la mitad de las patrullas que controlan los faros por la noche. Ellos les citan a una hora para su regreso, entonces por treinta segundos apagan las luces en el campo minado. Sonará como poca cosa, pero hasta ahora no he conocido a nadie que lo haya intentado y haya regresado. Al menos no por primera vez. Además se ocupan de la comida para el viaje. Preparan un embutido que sabe asqueroso y huele aún peor, pero sorprendentemente te llena el estómago y te mantiene activo. Nunca he preguntado de qué está hecho ni pienso hacerlo.


Por fortuna aprendo rápido, y mi quinta excursión la pude hacer por mi cuenta sin demasiada complicación. La rutina es exhaustiva. Primero salir en grupos de tres, cada diez minutos. Cada grupo se dirige a una entrada de cloaca distinta. Dentro de las cloacas nos dirigimos a un punto de encuentro. Lo mismo para cruzar el campo por el día. Una vez del otro lado no importa que te vean los guardias, mientras no te dirijas hacia la ciudad, bien te dan por muerto. 


Una vez cruzado el campo la suerte está echada.


Se dice que los visitantes están vigilando el campo de batalla todo el tiempo. Preparando trampas letales, aunque han pasado décadas desde que alguien los viera.


Esta mañana salimos apenas termina el toque, a las nueve. Para las tres de la tarde ya estábamos del otro lado, lejos de las minas, la torres de vigilancia, y todo lo que el resto de la gente dentro de la ciudad da por sentado. Nuestro grupo de doce atraviesa una llanura desértica con unas penosas manchas de hierba seca. No es muy extensa, pero el arduo sol nos agota con facilidad. Aparte de los constantes quejidos silenciosos de los novatos todo es silencio  


Tardamos media hora en llegar al otro lado. Nadie sabe con exactitud qué es esto. Una base militar atiborrada de basura o un viejo basurero tomado como base militar en los tiempos de la primera resistencia. Lo que sí sabemos es que sabiendo buscar bien encuentras cosas útiles. Láminas de metal, mantas no tan llenas de chinches o polillas, alambres en buen estado, repuestos de aparatos electrónicos (los cuales se venden a muy buen precio) y montones tras montones de cosas para quemar, como papel, plásticos, y un ocasional trozo de madera. Hubo un tiempo en que se encontraban mejores cosas, pero las llevaron rápidamente a la ciudad. Ni de broma encontrarás comida aquí, a no sea que atrapes cucarachas. Aun así con la gente adecuada puedes tomar un buen botín. 


Los novatos suelen dispersarse, asombrados de haber salido. En esta ocasión, dos de ellos subieron a la carcasa de un automóvil y permanecieron mirando al horizonte por bastante tiempo hasta que Carlos reparó en ellos.


-Oigan par de holgazanes, no estamos en un día de campo. Bajen inmediatamente antes de que los jale de los testículos.


Los chicos bajan espantados, uno tropieza y casi termina el descenso rodando. 


Tras un par de horas de nadar en basura y fetidez, Carlos nos hace apilar las cosas en un rincón, cubrirlas con una lona y prepararnos para marchar. 


-Asegúrense de cubrirla bien, no queremos que la escoria del Polaco llegue y hurte una mañana de arduo trabajo. Ya me la aplicaron una vez, no le dejaré que me chinguen de nuevo- dice a manera de justificación a una pregunta que nadie hizo.


-¿Por qué no la llevamos?- pregunta uno de los novatos.


-Muy bien, ya que te apetece cargar mil kilos de buena basura por qué no empiezas tú. Vamos, seguro no te cansarás de cargarla el resto del viaje, son casi quince kilómetros de ida y vuelta- las venas en su cabeza calva empiezan a palpitar- ¡Seguro estás lleno de energía ya que no paras de hablar!


El chico calla y se aleja un poco del grupo. Carlos se tranquiliza y nos ordena continuar.


Pronto llegamos a una gran autopista. Seguirla nos lleva a las ruinas de una gran ciudad con edificios monumentales.. Ahí es donde se encuentran la mayor parte de las buenas cosas- las latas de comida que le di a Jergas y con las que pagué mi entrada al burdel ayer por ejemplo-. Es tan grande que no se sabe dónde termina.


Una excursión así puede durar desde un par de días hasta una semana entera. Por lo general mientras más participantes más se extiende. Esta vez se planeó para durar 4 días. 


Al final del primer día ya llegamos a la ciudad. Los enormes edificios eclipsan todo asombro de los novatos, e incluso algunos de los más experimentados, como un servidor, no deja de contemplarlos con miedo. Pocas cosas en la vida me provocan tanta -o verdadera- intriga, como estos monstruos. La primera vez que entré a uno temí que como una bestia, las entradas se derrumbaran tras de mí y el edificio me tragara para siempre. 


Lo primero que hacemos al llegar es buscar un lugar en el cual establecernos, donde reunir los víveres que recolectemos, estando seguros de que nadie nos sorprenderá. Esta vez es bajo un puente, tendemos unas mantas, preparamos un fuego, y si el viento sopla fuerte levantamos una pared de cartón. En temporada de lluvia, debemos protegeernos con algo más impermeable, pero ahora nos es suficiente. 


Los primeros dos días transcurren con relativa calma. Los muchachos buscan entre escombros, cadáveres descompuestos (animales y humanos), con suerte encuentran alguna lata de comida o trozo de cobre.


Por mi parte intento mantenerme separado del resto, darme un respiro de mis entrañables compañeros. En esta ocasión Carlos me da una atención especial, no lo culpo. 



Al tercer día me levanto unos momentos antes del amanecer, pretendiendo sacar ventaja y con suerte encontrar las latas de comida que me faltan. Con nada más que mi mochila y la linterna me alejo sin discreción. Las calles son rectas por lo que no corro riesgo de perderme, solo cuido en contar bloques, manzanas y giros cuando los haga. Después de una hora sale el sol, doy una vuelta a la derecha, sigo por dos manzanas y giro a la izquierda. Por aquí encontré mi botín hace apenas tres días. 


Camino por otras dos horas y me topo con algo bastante insólito. Un edificio como nunca lo había visto. Este no es rectangular, sino de estructura más compleja. Lleno de grabados detallados, torres macizas, una enorme entrada con las puertas destrozadas. Frente a él una amplia explanada. Mientras el sol asciende su color cobre deslumbra la opacidad natural de la ciudad. Entonces puedo ver muy en la cima una cruz. 


No suelo rendirme a mis impulsos, por lo que se imaginarán mi curiosidad al entrar a este lugar, donde por donde se viera, no pareciera guardar nada útil. Subir las escaleras hacia la entrada la oscuridad alimentaba mi suspenso. Lo que en el pasado llaman un momento de revelación. La sola belleza del lugar, su mera naturaleza me llena en niveles que no atendía en el pasado, pero a momentos me recordaban dulces momentos con mi amada Karen. 


También supuse que algo parecido sentía Jergas al leer sus libros, una y otra vez. Pinturas y murales destruidos, pero aun así bellos como nunca los había visto, el eco envolvente de mis pasos, o tal vez el por primera vez en mi vida estar frente a algo claramente más importante que yo, despertó algo en mi. Sentí el anhelante deseo de ver este lugar vivo, en sus mejores tiempos. Cualquiera que haya sido su función, debió ser importante para la gente de la ciudad. No para el gobierno o alguna mafia, para la gente. No satisfacía alguna función esencial como comer, coger o resguardarse durante el toque de queda, si no algo más allá de toda explicación. Todas estas cosas se me hicieron evidentes, no sé como, pero jamás tuve algo tan claro en mi vida, jamás sentí alguna verdad. Me recordó de nuevo a mi amor por Karen. Las flores no la sorprendieron, no hicieron lo que debían, pero si la traigo a este lugar entenderá como yo he entendido. El problema será por supues… 


Algo me saca del trance, un sonido. Alguien detrás de mí. Me escondo tras unos pilares para observar. Por unos segundos nada pasa, pero después uno de los novatos sale titubeante de la esquina de un edificio en frente. Parece que no me saqué tanta ventaja como debía. ¿Si llegara a entrar sentiría lo mismo que yo? ¿le diría al resto? No puedo arriesgarme. Salgo de mi escondite y lo llamo a señas. Bajo hasta el final de las escaleras donde me alcanza.


-¿Qué haces siguiéndome? ¿nadie te dijo que si alguien sale así es porque no le gusta compartir? ¿qué crees que hubiera hecho contigo si encuentro algo que no quiero compartir eh?- nunca he sido bueno para intimidar, pero el novato se pone bastante nervioso.


-No, lo siento. No te preocupes hombre, no necesitas compartir conmigo. Yo solo quería ver cómo es que ustedes los pro´s lo hacen. Veras hombre, yo y mi compa hemos buscado estos tres días sin descansar, pero no hemos encontrado nada bueno. Estamos desesperados hombre. 


-¿Recuerdas bien cómo llegaste aquí?


-Sí hombre, fui precavido. Conte los bloques y todo, dos a la derecha y uno a la izquierda, no lo olvidaré.


-Lástima, hubieras sido un buen excursionista- en verdad odio hacer esto, pero no puedo permitir que traiga a su “compa’”. No ve venir el golpe, mi puño se estampa de lleno en su cara, tirándolo en el suelo. El muchacho se ve bastante enclenque, para nada del tipo peligroso o agresivo, pero no me arriesgo a que se levante y eché a correr de regreso al campamento. Le pateo un par de veces en el estómago para quitarle el aliento, una en la cabeza para aturdirlo. Me acerco y comienzo a asfixiarlo con mis manos. Por un momento intenta resistirse, pero pronto empieza a perder el conocimiento. Su cuello se tensa, por debajo de su piel siento como su pulso se incrementa. Sus ojos se tornan blancos. Con sus labios pintados de sangre intentan clamar clemencia y piedad.


Estoy cerca de terminarlo cuando una explosión me empuja un par de metros hacia adelante.. Me cuesta un poco levantarme, pero lo consigo. Al voltear veo algo que, por el solo hecho de contarlo, puede llevarme preso y sentenciado a muerte. Son ellos.


Son gigantescos. De dos metros cada uno, anchos brazos, están sobre un crater el triple de su tamaño, justo donde me encontraba yo hace unos segundos. Son dos, uno de ellos carga en sus brazos al novato. El otro me ha visto y se acerca lentamente. Echo a correr, sin mirar atrás.


Dios, espero haber matado al muchacho, porque lo que le harán ellos… por su propio bien espero que esté muerto.



La carrera al campamento es más como un sueño que un recuerdo que pueda describir. Apoderado del pánico no volteé jamás para ver si me perseguían, por momentos creí escuchar sus pisadas, pero no gozaba de tanta lucidez como para decir que fueron reales. Al quedarme sin aliento cerraba los ojos, entonces veía el rostro del muchacho, primero muriendo bajo mi cuerpo, luego en los brazos de ese monstruo. Una vez más le deseé la muerte.


De un momento a otro ya estaba en el campamento, centro de la mirada de los pocos presentes, entre ellos Carlos. El amigo del novato ausente, seguro buscando a su compañero. Ojalá esté muerto.


-¿Qué encontraste?- dice Carlos mientras se acerca. Ignoran mi cansancio, se va directo a revisar mi mochila sin esperar a que la descuelgue de mi espalda. La siente ligera y no se molesta en abrirla- te recuerdo que estás atrasado con tus cuotas, nos vamos mañana, te convendría buscar mejor.


Asiento, aún sin recuperarme de todo. Camino en dirección contraria a la que llegué, hacia una pequeña calle sin mucho para ver. Lo último que espero es encontrar comida ahí, solo necesito un momento para repasar lo que vi, darme un respiro. 


… 


El atardecer del último día. Si alguna vez nosotros los excursionistas sentimos emoción por emprender el camino, es ahora. Con la idea de regresar a un hogar que en realidad no existe, pero con el peligro de el campo minado todavía lejos, por una vez el camino delante no pinta tan mal. Hasta ahorita solo han desaparecido dos excursionistas, el novato y Tyler. Nadie se molesta en preguntar por este último, por el novato solo su compañero, pero pronto desiste y lo da por muerto. Dos desaparecidos y faltan minas por recorrer. Aparte de la basura -que esperamos siga- en el basurero del inicio, no volveremos con mucho, y nuestros víveres están agotándose. Por mi parte no encontré nada de valo, aunque Carlos es la menor de mis preocupaciones. Si alguien llegara a saber lo que vi… . Apesar de todo los demás mantienen el espíritu alto, duermen tranquilos, yo nada. 


Al amanecer Carlos se ocupa de levantarnos a todos, a partir de ahora el optimismo empieza a declinar poco a poco. Pronto estamos de regreso por la carretera. Durante el camino de regreso unos cuantos aviones se escuchan sobre nosotros, pero la nube de contaminación este día es tan densa que no se ve nada. Llegamos al basurero, nos repartimos el peso y continuamos. 


Anochece y a lo lejos ya se ven los faros, llegamos al campo minado. Es un lugar diferente por el que yo entré, tengo una vaga idea de donde están las minas, pero no me atrevo a asegurarlo. Quisiera separarme del grupo, ir por donde conozco, pero Carlos jamás lo permitirá. Estando tan cerca de la ciudad tenemos prohibido perdernos de vista, en caso de que tengamos algo demasiado bueno para compartir, y a Carlos solo le falta una excusa para desaparecerme. El único novato que resta está temblando, de frío y miedo. Le entiendo, carajo, todos aquí le entendemos. Nadie olvida su primer cruce de noche, es donde el verdadero peligro se esconde, tras la mira del faro y el fusil que lo acompaña, o bajo la arena, lista para volarte en pedazos. Seguimos esperando hasta que las luces parpadean tres veces. Luego se apagan por completo.


-¡Ya!- dice Carlos, y sin más preocupación por el resto, cruza la valla, comienza a correr. Él sí conoce el camino, y que por más valiosos que pueda ser un botín -que esta noche no lo es- jamás valdrá más que su vida.


No puedo quedarme atrás. Hago lo posible por seguir sus pasos, en el sentido más literal que nadie jamás haya intentado. Algunos me siguen, solo espero que se den cuenta que si se atrasan demasiado la luz regresará, no todos podemos ir en fila India. Algunos se dan cuenta de esto, y abren su propio camino. Pronto la primera detonación, delante de mí un pobre idiota se apresuró demasiado. El viento sopla en la dirección correcta para que una brizna de sus sangre y demás fluidos bañe mi cara. Ya voy por la mitad del camino. Los trozos de su cuerpo y lo que sea que estuviera cargando caen, uno por uno, una lluvia silenciosa, fúnebre. Cuento ya hasta el 25, solo diez metros más, Carlos ya llegó. La meta es la entrada de cloaca. Dos afortunados, Hank uno de ellos, llegan por otro camino. Lo siguiente ocurre en apenas cinco segundos y en plena oscuridad, pero no dudo en lo más mínimo su veracidad. Hank mira a Carlos, este asciente, entonces Hank salta de vuelta al campo, impidiéndome el paso. Las luces se encienden, detrás una detonación más, y los disparos de los guardias en las torres comienzan. Intento embestir a Hank, pero pesa el triple que yo. Comenzamos a forcejear, está a punto de aventarme de regreso cuando una detonación más detrás nos empuja a los dos directo hacia la entrada y golpeo con brutal fuerza en el concreto.


 Me desvanezco lentamente, en un solemne intento de partir a un lugar mejor, recuerdo mi visión en la ciudad, y ese extraño edificio. Y a Karen, recuerdo su inmensurable belleza, mi inmortal amor por ella me mantendrá vivo, mientras ella conserve esa flor, y me recuerde al verla.


Puedo irme en paz.



un lugar mejor, recuerdo mi visión en la ciudad, y ese extraño edificio. Y a Karen, recuerdo su inmensurable belleza, mi inmortal amor por ella me mantendrá vivo, mientras ella conserve esa flor, y me recuerde al verla.


Puedo irme en paz.




Comentarios

Entradas populares